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Era el
4 de agosto de este 2018… y serían más o menos las 9:30 de la mañana… Un día
más, un día cualquiera en la vida de la misión. Y sin embargo, sería un día que
se recordará para siempre en la misión, como el día de la infamia, en la
memoria colectiva de este maltrecho pueblo etíope.
El día
había amanecido soleado y abrasador – ¡como siempre! – y ya a esa hora el sol
apretaba sobre el caleidoscopio variopinto de las interminables planchas de
cinc, de las casuchas apelmazadas y amontonadas sin orden, de las callejuelas
de Gode.
Me
dirigía al pequeño aeropuerto de nuestra localidad en compañía de un buen amigo
sacerdote español, que marchaba de vuelta después de haber compartido con nosotros
algunos días la vida de la misión.
Mientras
le veía caminar hacia el avión bimotor de Ethiopian Airlines, desde la
destartalada terminal de nuestro aeropuerto, – con mucho más de chiringuito que
de terminal -, me di la vuelta y de nuevo en mi camioneta, volví a la misión.
Era un
día más en la vida de la misión con su entretejido de pequeñas tareas,
aparentemente intrascendentes, como puñados de semillitas pequeñas de mostaza
que, arrojadas tenazmente hacia el viento, con esperanza terca, nos prometía
una fecunda cosecha evangélica para este sufrido pueblo somalí.
Estalla el horror
No
llevaría yo en la misión ni cuarenta y cinco minutos, cuando sonó mi teléfono…
al principio no lograba entender lo que la chica me decía entre lloros y gritos
desesperados. Por fin, descifré que decía: “¡padre, nos van a matar, están
apedreando a los cristianos y quemando las casas de los cristianos! ¡Venga a
buscarnos, venga a buscarnos!”.
Y sin
pensarlos dos veces, me fui a la ciudad a buscar a las dos mujeres, trabajadoras
de nuestra “caritas diocesana”. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar por
el camino, el peligro que correríamos, lo que nos podría pasar…
Llegamos
a su pequeña oficina, nos esperaban ambas a la puerta con su petate al hombro,
se subieron de un brinco, y regresamos a la misión a toda velocidad. Allí, los
demás voluntarios, estaban en la capilla rezando el santo rosario, pidiendo por
nuestra seguridad y por la paz.
Veíamos
aterrorizados las columnas de humo que se levantaban al cielo desde diferentes
puntos de la ciudad, especialmente donde se encontraba la parcela de la iglesia
ortodoxa.
Terror en toda la región
Mientras,
el teléfono no dejaba de sonar, informándonos de que estos mismos
acontecimientos se sucedían en todas las otras ciudades de la región somalí de
Etiopía, con especial virulencia en Jijiga, capital de nuestra región.
A media
tarde me llamó el obispo, para contarme todo cuanto les había pasado a ellos en
Jijiga, mientras bendecían una capilla recientemente edificado, con enorme
sacrificio, por el párroco.
Cuando
ya anochecía, y debido a las múltiples peticiones de ayuda que nos llegaban del
director regional del hospital de Gode, decidimos cargar una buena cantidad de
medicinas en las camionetas, y nos fuimos al hospital para colaborar con
médicos y enfermeras, en las curas y primeros auxilios de los heridos.
Al
volver a la misión, nos encontramos que muchos cristianos —católicos y
ortodoxos– habían llegado por sus propios medios hasta nuestra casa pidiendo
refugio.
Mientras
algunos de nosotros convertíamos las aulas de nuestra escuela en dormitorios en
un incesante trasiego de pupitres y escritorios que salían y camas, colchones,
almohadas, sábanas que llegaban para convertir las clases en improvisados
refugios para estas pobres gentes… Otros se afanaban en la cocina, preparando
calderos de comida que ofrecer a nuestros inesperados huéspedes…
Entrada
ya la noche, nos fuimos todos a la capilla, expuse el Santísimo Sacramento,
Cristo vivo en la Eucaristía y oramos con enorme intensidad, sobrecogidos por
una confluencia de emociones hondas, difícilmente traducibles a la pobre
palabra humana… miedo, tristeza, fraternidad, incertidumbre, experiencia de
Evangelio, angustia… Palabras mil veces escuchadas y pocas veces tomadas en
serio: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida…”. “No tengáis miedo,
yo estoy con vosotros…”. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen…”. “Este
ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten…”.
Leímos
reposadamente – en inglés, español y amhárico – el capítulo seis de san Juan,
lo comentamos entre todos mientras los refugiados compartían entre lágrimas los
miedos y las angustias que habían vivido esa mañana…
Odio desencadenado
Mientras
cenábamos nos dieron más detalles de como hordas de musulmanes, cegados por el
odio y la venganza entraron en las casas de los cristianos, calle por calle,
casa por casa, apaleando a hombres y mujeres, moliéndolos a golpes,
apedreándoles, propinando machetazos y patadas… los mismo a hombres que
mujeres, niños pequeños y ancianos, mientras arrancaban puertas y ventanas, se
dedicaban al pillaje, robaban lo que podían y destruían reduciendo a un montón
informe de escombros, los pobres enseres de las familias cristianas.
Miles
de cristianos corrieron despavoridos. Los que no vinieron a nuestra casa, se
escondieron en el perímetro de la iglesia ortodoxa; otro grupo numeroso logró
llegar al destacamento militar del ejército federal.
Mientras,
bandadas de musulmanes recorrían a modo de patrullas las calles, buscando más
cristianos que matar o apalear; más tiendas y negocios de cristianos que
destruir, robar y vandalizar…
Esa
noche del 4 de agosto de 2018, Gode quedó sumido en el terror.
Jamás,
en mis once años de misión por estos secarrales africanos, habían visto mis
ojos nada igual… Gode, la región somalí, nunca volvería a ser lo mismo.
Al
amanecer del día siguiente recorrí sobrecogido las callejuelas de la ciudad,
iba sorteando vehículos calcinados, sillas rotas, televisiones destripadas,
ropas hechas jirones, piedras por doquier… parecía que al barrio cristiano lo
había sacudido un terremoto y en realidad así había sido, un terremoto humano,
el terremoto del odio hacia los cristianos.
Traumatizados para siempre
Para
siempre quedarán en mi memoria los gritos que por teléfono escuchaba de nuestro
pobre enfermero católico, que me pedía que fuese a buscarlo. Para siempre
recordaré el dilema que me atenazaba el alma, sin saber yo qué hacer… de un
lado, le quería ayudar a toda costa, aún a riesgo de mi vida, por otro lado,
pensaba en la responsabilidad que tenía frente a tantas personas de las que yo
era responsable; pensaba qué sería de ellas si les faltase la cabeza, el
pastor.
Por
pura gracia de Dios, nuestro enfermero (omito todos los nombres por motivos de
seguridad) consiguió saltar la tapia y ocultarse en la casa de los vecinos
mientras una banda de jóvenes musulmanes tiraba abajo la puerta de su
habitación a patadas, lo revolvía todo y le robaban todas sus pertenecías de
valor. A la mañana siguiente logramos llegar hasta él y le trajimos con
nosotros.
Nunca
ha vuelto este hombre a ser la misma persona. Como tantos otros cristianos, ha
quedado profundamente traumatizado por lo que sus ojos han visto, por la
experiencia vivida. Ya no sonríe como antes… sencillamente no es la misma
persona.
Me
acerqué a la iglesia ortodoxa para interesarme por la situación de los
sacerdotes y los cientos de familias que allí se habían refugiado entre el
templo y la escuela. Al ir a darle un abrazo al sacerdote, en el instante que
le toqué la espalda dio un salto y un grito de dolor. Quedé asombrado y me
explicó que los musulmanes que habían asaltado su recinto con la intención de
quemar la iglesia hasta sus cimientos, como ya habían hecho en Jijiga, Dehabur,
Kebre Deher… le apedrearon y molieron a palos.
Sin
pensármelo dos veces, le obligué a subirse a mi camioneta y le llevé al
hospital para que le hiciesen un examen general y radiografías. Estaba tan
traumatizado y aterrorizado, que no se había atrevido él a ir por su cuenta,
por más que le insistieron sus feligreses. Estaba en estado de shock solo de
pensar que tenía que salir a la calle y que de nuevo las bandadas de musulmanes
le volviesen a atacar.
Regresamos
a mi casa él y yo, le dimos de cenar, le facilitamos las medicinas que le
habían recetado y una misionera le dio una sesión de fisioterapia; de allí
regresamos a su casa… o lo que quedaba de ella…
Eran
tantos los refugiados cristianos que se arremolinaban en torno a la iglesia
ortodoxa, hambrientos, sedientos, enfermos, asustados, sin nada para pasar la
noche más que los jirones de ropa que llevaban puestos que, en nombre de la
Iglesia católica, pagamos la comida y el agua de los casi quinientos
refugiados. Eran nuestros hermanos… “a Mí me lo hiciste…”
Durante
los días en que los refugiados permanecieron con nosotros, tratamos de
ayudarles a arreglar sus casas, armados de serruchos, clavos y martillos;
compramos los enseres básicos para que pudiesen comenzar de nuevo su vida y les
regalamos una compra de comida a cada uno, gracias sobre todo a la generosidad
de Cáritas de Toledo.
El grito de las víctimas todavía hoy resuena
Aún me
resuenan en los oídos los gritos y llantos de los niños más pequeños, que nos
contaban, con su lengua de trapo, cómo los musulmanes les habían golpeado, a
ellos y a sus madres, cómo las habían empujado al suelo, dado patadas
–arrastraron a sus madres por el suelo tirándolas del pelo y arrancaron
violentamente su ropa…–.
Incluso
supimos de mujeres que habían sido salvajemente violadas.
Las
noticias que nos llegaban de Jijiga eran igualmente terribles. Si bien el
gobierno había cortado las comunicaciones por internet y suspendido los vuelos
a la región, dejándonos aislados, los teléfonos aún funcionaban. Gracias a ello
pude estar en comunicación constante con el obispo, que aún seguía atrapado en
Jijiga.
En
Jijiga, me contaba el obispo que habían matado a varios sacerdotes y diáconos
ortodoxos, quemado las iglesias, desacralizado y profanado los lugares de
culto. Nos contaban que habían sido tantos los cristianos asesinados, que las
excavadoras cargaban los cadáveres en camiones y los tiraban a las afueras de
la ciudad para que se los comieran las hienas…
El
obispo, que había ido a Jijiga para el día, hubo de quedarse allí cinco días,
hasta que por fin las tropas del ejército federal lograron penetrar el cerco de
las fuerzas paramilitares somalíes, logrando abrir un corredor humanitario.
Esta
crónica mía de lo sucedido es sobria y breve, os lo aseguro.
Lecciones de vida
Me doy
cuenta de que una cosa es leer las noticias de las atrocidades que a diario
cometen los musulmanes contra los cristianos, porque sencillamente nos odian, y
cosa muy diferente es ser parte de la noticia, “estar dentro de la noticia”,
verlo con tus ojos, sufrirlo en tu carne y en tu espíritu.
Creo
que después de vivir estos sucesos, nunca se vuelve a ser la misma persona…
Y sin
embargo, se aprenden muchas lecciones de vida…
He
aprendido que Cristo está vivo.
Que es
un honor y un privilegio del todo inmerecido sufrir y morir por amor a
Jesucristo.
Que la
vida se pasa en un vuelo, como esa mañana de ese 4 de agosto, donde a las 10 de
la mañana todo es paz y tranquilidad y a las 11, morían tantos cristianos por
el simple delito de “ser de Cristo”, de ser la Iglesia.
He
aprendido la importancia de estar preparado, de vivir siempre en la gracia del
Señor, de tener la lámpara encendida; que a la hora que uno menos lo espera
“llega el Esposo”.
He
aprendido que la vida pasa en un vuelo: “una mala noche en una mala posada”
decía la gran Santa Teresa de Jesús y que de nada sirve decir tantas veces como
decimos en la liturgia divina: “¡Maran athá, Maran atha, Maran atha…!” Si en el
fondo no esperamos al Señor con el hatillo al hombro y “la cintura ceñida…”.
He
aprendido que para nadie es el martirio una posibilidad tan real como para los
misioneros. Esos extraños hombres y mujeres, de corazón inquieto y
desasosegados, perdidos en las periferias y trincheras del primer anuncio
evangélico.
He
aprendido la importancia fontal que para un sacerdote misionero tiene el
vínculo con su obispo. Al día siguiente del ataque, logré hablar con España con
mi obispo, el arzobispo de Toledo, Don Braulio Rodríguez Plaza. Hasta ese
momento estaba yo atenazado por la angustia, por la emoción de todo lo vivido,
estaba lleno de dudas, sin saber qué hacer… hablé mucho rato con él… no sé bien
cómo explicarlo, me dio mucha paz la serenidad de sus palabras y la sabiduría
de sus consejos. Sentí que no estaba solo, que estaba entroncado por él con los
apóstoles, con la Iglesia… ¡injertado en Cristo! Que yo no estaba ni solo, ni
peleando batallas por mi cuenta. Me sentí “reenviado” por Cristo y por la
Iglesia. Desde ese momento algo cambió en mi corazón y en mi disposición
pastoral y misionera.
He
aprendido tanto del heroísmo del obispo de nuestro vicariato, monseñor Angelo
Pagano, O.F.M. Cap. Fue él quien nos inspiró a todos durante esos días. No
sobre todo con discursos elocuentes o de simple “sabiduría humana”, sino por
animarnos con su ejemplo a abrazarnos a la cruz, por su disposición a no
abandonar su grey pasara lo que le pasara y aún a riesgo de perder su vida. Es
una gracia inmensa para mí colaborar con tan buen pastor y padre.
Rezad
por nosotros ¡No nos abandonéis! Orad por nosotros, ayudadnos con los donativos
que podáis a que sigamos ayudando donde el Cuerpo de Cristo vuelve a ser
crucificado en la carne de los cristianos.
Nada
más, mis queridos amigos; a todos os damos las gracias en nombre de tanta gente
pobre que no pueden hacerlo por sí mismos. Le pido a la Santísima Virgen María,
Madre de la Iglesia, Madre de los misioneros y Madre de los pobres, que a todos
nos cubra con su manto bendito.
Ante el
Sagrario de la misión oramos cada día por todos vosotros.
Padre Christopher Hartley